martes, 14 de mayo de 2013

Ritos y susurros en el cierre de la Feria del Libro, que se despidió con un aplauso cariñoso


Por Andrés Hax

Anécdotas y costumbres de autores y lectores que se repiten cada año, el público del último día y la mira puesta en la Feria 2014.

Fiebre del cierre por la noche. Como cada año, la gente buscó las últimas ofertas. / GERMAN GARCIA ADRASTI

14/05/13
La gran masa humana de la Feria deLibro se divide en varias categorías y subcategorías, desde los autores ya inscriptos en el Canon Universal de Letras, hasta los encargados de los baños en el subsuelo del predio. Como un etnólogo que vuelve de una extraña tribu, quisiera dejar constancia, aunque sea en un boceto mínimo, de esta fauna. Escribo estos apuntes mientras se desarman los stands y los últimos grupos de alumnos hacen filas desordenadas hacía las salidas acorralados por maestras abrumadas; mientras la música funcional en loop –que llevamos veintiún días escuchando– amenaza la cordura.
Volando por encima de todos, como ángeles dibujados en una cúpula, están los autores famosos: los Nobel o los best sellers internacionales. Este año fue Coetzee, tan parco y distante, pero –por lo menos– dispuesto a firmar ejemplares de sus libros tras su árido discurso (con olor a reciclado).
En un grado menor están los enfant-terribles , los autores cool que actúan como si despreciaran la fama y todo lo vinculado con la autopromoción. En esta categoría, estuvo el ruso Vladimir Sorokin, que se entregó a una entrevista pública con el entusiasmo que uno reserva para la visita al proctólogo. En un nivel más bajo están los autores de autoayuda y de género, o los que escriben sobre sexo, como Alessandra Rampolla (¡Ram-Polla!).
Luego están los queridos incondicionalmente, como Luis Pescetti, que todos los años lleva a centenares de chicos a un bello frenesí con sus entrañables anécdotas y canciones. Bajando un nivel más, tenemos los autores de ficción, los valientes sujetos que aún intentan hacer literatura en este mundo que se ha entregado totalmente a la pantalla. Observar a este subgrupo es, casi siempre, desgarrador. Muchas veces asisten a entrevistas públicas a las que asisten media docena de personas o menos en las que el micrófono es simplemente una formalidad.
Hablando de micrófonos, llegamos a la especie más temible de toda la Feria: el adicto al micrófono abierto. Este alarmante sujeto emerge del anonimato cuando se abre la sesión de pregunta y respuestas. Este monstruo secuestra al autor en un sinfín de preguntas que empiezan por lo banal y decaen vertiginosamente hacía lo esquizofrénico.
Pero hoy no queda ninguno de estos personajes. Se terminó la Feria otra vez. El último mar de personas fluye por los pasillos aglomerándose en coágulos humanos donde hay ofertas. Es que los que vienen a la Feria el último día son oportunistas: buscan precio, buscan bulto, buscan llevarse algún souvenir –como la gigantografía de cartón de un autor de moda. Ya se fueron los Premios Nobel y los best sellers; ya no hay mesas políticas para juntar militantes, ni degustaciones de vinos o transmisiones de radio en vivo. La Feria se agotó.
Y hay que decirlo: hay una sensación melancólica y crepuscular en este último día de la Feria. Se sabe que el año que viene será la edición 40. Pero más que eso, no se sabe nada. Ni dónde estará. Cierran las puertas, los libreros aplauden –como lo hacen todos los años. Se arma un gran estruendo. Y después, a embalar. Y después, silencio.
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